Tras la cosecha de los cereales y la siega de la hierba, la paja se guardaba en pajares y el heno en almiares levantados en los prados. El almiar (ameal o almeal en el suroeste abulense) constaba de un palo alto clavado en el suelo alrededor del que se disponía meticulosamente el heno que servía de alimento al ganado. Para que no se pudriese, en su base se colocaba una capa de retamas o ramas de bardaguera y, colgadas, las riostras. Alrededor se levantaba la almealera para que los animales no se comiesen ni estropeasen el heno.
Desde la antigua Roma, los almiares han sido parte del paisaje rural. La mecanización de las tareas agrícolas y las nuevas formas de recolección y almacenaje han dado lugar a su lenta desaparición.
Paradójicamente, los humildes ameales, hoy casi olvidados, brillan en grandes museos y colecciones privadas de arte gracias a la serie “Almiares”, pintada por Claude Monet a finales del siglo XIX. Este ciclo está considerado, junto con el de la “Catedral de Rouen”, punto de partida fundamental para la pintura contemporánea.
